
“Fue un gran hombre, tal vez, el hijo más prominente que haya tenido nuestro pueblo. Hoy, sólo somos un puñado de ciudadanos agradecidos los que lo venimos a despedir y esto no hace más que confirmar que quien estuvo a la cabeza de la lucha contra la delincuencia, cumplió a cabalidad con su labor. Como él mismo decía “Yo soy quien escribe las reglas y estoy por sobre las reglas. Y si para limpiar este cochino lugar me tengo que ganar algunos enemigos, no me importa estar sólo en el día de mi funeral.””
Cavando en sus túneles, Benito tiene tiempo de sobra para reflexionar y, casi siempre, revisa, con satisfacción, la forma en que ha construído un modo de vida, tan original y tan eficiente. Cuando tuvo que irse de su casa, era poco más que un niño y por casualidad fue a dar a una pequeña pieza mal oliente, contigua al cementerio. Al recordar, sonríe y no puede dejar de sorprenderse de cómo se van entrelazando los acontecimientos.
“Dios lo tendrá en su reino como uno de sus favoritos. Lo premiará como sólo se hace con aquellos que lo han dado todo para terminar con el vicio y la corrupción. Y si tiene que perdonarlo, si es que alguna de las cosas que se dicen de nuestro líder llegaran a ser ciertas, lo hará. Nuestro Señor, que diseña el Plan Celestial, sabe mejor que nadie que al combatir las Sodomas y las Gomorras de la Tierra, a veces, pagan justos por pecadores.”
La idea surgió como una revelación. Fue al ver pasar uno de los tantos cortejos fúnebres. ¿Dónde irá a parar el alma y dónde el cuerpo? ¿Dónde los recuerdos y dónde los zapatos? Lo inmaterial al carajo, Benito no tenía nada y no se iba a quedar de brazos cruzados mientras finos trajes, cadenas de oro y hasta billeteras cargadas, descansaban inútilmente bajo tierra. Poco le costó conseguir una pala y comenzó a trabajar ahí mismo, en su habitación.
“Con orgullo, declaro que su familia somos nosotros y, aunque él hubiera preferido que no los nombre, es justo decir que su mujer y su hijo fueron débiles y no comprendieron la misión de nuestro eterno líder. Él plantó la semilla y nosotros somos los frutos. Bastará una mirada para reconocernos, un gesto para actuar sin vacilación.”
Con sorprendente energía hizo un forado a los pies de su destartalada cama. Miles de paladas, kilos de tierra ensacada e ingeniosamente reubicada. En unos días ya había penetrado en el cementerio. Su túnel se alargaba por debajo de los ataúdes enterrados. Socavando el techo de su galería en los lugares indicados, hacía caer los sarcófagos. Cigarreras de oro, camisas de seda, revólveres de cacha nacarada, bastones principescos, su botín parecía superar el tesoro del pirata más renombrado. Al cabo de unos años, los pasillos subterráneos formaron una verdadera ciudadela.
“Fue el mejor y murió como el mejor. Mil balas enemigas tuvo que esquivar, sólo la propia pudo ser certera. No le tembló la mano para acabar con la escoria de este pueblo y tampoco, para tomar su última y valiente decisión. Llegó el momento del adiós y mientras él duerme eternamente en paz, nosotros no descansaremos para continuar con su misión”
De los entierros añosos rescataba artefactos que hacían tartamudear a los expertos anticuarios. Cuando se abría paso hasta un recién llegado, se apropiaba de elegantes ropas y hasta de hinchadas carteras. Con estas recompensas fantaseaba mientras daba los últimos golpes de picota. Finalmente, la delgada capa de tierra cedió ante el peso de la caja mortuoria. Benito no esperaba impresionarse con una macabra escena mil veces vista. El féretro se partió al golpear el piso de la galería, su inanimado ocupante se dobló, como si se sentara, impulsado por un último reflejo post mortem. Al enfrentarlo, cara a cara, el terror hizo que las palabras surgieran automáticas desde su olvidada memoria infantil: “No papá, te juro que yo no fui.”