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viernes, diciembre 08, 2006

Palabras


Dejó caer una piedra en el estanque. El agua era clara y mientras veía como la piedra alcanzaba el fondo, las palabras inundaban su mente. Ya lo había hecho antes más de cien veces. Era un proceso automático. Le fascinaba sentir como llegaban las ideas, como se formaba algo totalmente nuevo. Pero cada vez que repasaba concientemente el resultado, su entusiasmo se convertía en frustración. Los versos eran mediocres y sin ritmo. Esta no fue la excepción.

La muerte y el amor.
El amor y la muerte.
¿Cómo amar y cuando morir?
Soy la sombre de algo mejor
que no puedo ver.
Soy la sombra.
Si llamo a la luz, desaparezco.
¿Quién me ayuda? ¿Tú?
¿Por qué te molestarías?
Soy una sombra.

Su vida había estado formada por una interminable secuencia de impulsos. Actuaba gracias a periódicos destellos de lucidez. Eran como órdenes incuestionables que venían de un lugar profundo a la altura de su pecho. Siempre estaba seguro de lo que tenía que hacer, era fácil, sólo tenía que obedecer.

Un rayo atravesó su cuerpo. La instrucción era más clara que nunca. Ya no tiraría más piedras al estanque. Ahora debía borrar su memoria, lanzarse al ojo de agua y hundirse hasta llegar al fondo para, ahí, estallar en mil palabras.

sábado, noviembre 11, 2006

Un año


Ipnauj: Hace un año que escribo en mi blog.
Juan Emar: Yo también escribí “Un año”.
Ipnauj: Jamás pensé que sería capaz de contar tantas cosas.
Juan Emar: En noviembre escribí “De tiempo atrás amo yo a Camila, desenfrenadamente. Ella me ama un día cada ocho y durante éstos, se ríe de mí con tanto desenfreno como desenfreno hay en mi amor desenfrenado”.
Ipnauj: Ese mes yo dije “Por qué, sabiendo cuanto yo te amaba, insististe en reírte de mí. Cierto es que mi vida no vale nada, pero cuando me besaste te creí.”
Juan Emar: Después, en diciembre, anoté “Una planicie verde nilo, interminable. En ella miles, millones de arbolitos, todos a igual distancia. Los troncos eran rectos como alfileres; el follaje redondo y casi negro. El capitán en persona me dijo que esos árboles eran los que producían la pimienta. Dicho lo cual, ambos nos pusimos a estornudar ruidosamente.”
Ipnauj: En diciembre me pregunté “¿Hay en ingredientes, condimentos y salsas, materiales suficientes como para expresar lo que existe al interior de un creador?”
Juan Emar: Para enero reservé estas líneas: “La Divina Comedia se me soltó de bajo el brazo y rodó. Rodó escalera abajo. Llegó a la puerta, traspuso el umbral, dio de tumbos por la plaza. Se detuvo cerca del centro, se detuvo de espaldas y abierta: página 152, canto vigésimotercero.”
Ipnauj: El primer mes del año se me ocurrió esto”No me paro para alcanzar el libro, no lo abro para leer sus páginas, ni siquiera lo toco y sin embargo veo-siento las palabras del viejo personaje creado por Hermann Hesse.”
Juan Emar: En febrero terminé un texto así “¡Magnífico instante! Repetí la experiencia. No dio resultados. La repetí catorce veces consecutivas. Ya se sabe lo que creo del número catorce. No intenté pues la decimaquinta experiencia. Lo que no impide que el día de hoy haya sido digno de ser vivido.”
Ipnauj: En ese mes yo finalicé así una historia “Esa fue la última imagen que pudo fijar, el último concepto racional, humano y verbal. De ahí en adelante, no fue más que avanzar sin posibilidad alguna de tener conciencia de que se trataba del propio maestro que se acercaba a la inmortalidad.”
Juan Emar: En marzo se hizo presente la muerte “Hoy he estado de duelo. Ha muerto un grande y viejo amigo mío. Murió sentado por tierra, las piernas encogidas, los brazos cruzados sobre ellas, en una pose entre momia y bebedor de mate.”
Ipnauj: El mes de mi cumpleaños recibí la misma visita “Todo se realizó en forma solemne, con dolor, pero con la seguridad de estar haciendo lo correcto. Un niño fue sacrificado para calmar a la madre tierra y la furia del mar.
Juan Emar: Abril llegó con estas palabras “Me hallaba en mi cuarto derramando lágrimas, mientras mi cerebro pensaba con su primera capa, junto al cráneo, que sin el amigo la vida se me iba a convertir en un perpetuo desencanto.”
Ipnauj: En pleno otoño di a conocer una de las cosas que me hacen feliz “Tener amigos que ven algo en mí que todavía no puedo descubrir.
Juan Emar: En mayo conté lo siguiente “Hoy he traspuesto el umbral de mi biblioteca. Hacía diez y siete años que no había penetrado ni una sola vez en ella. Mucho polvo. Mucha media luz ennegrecida por el tiempo. Una mosca que zumbaba alrededor de una lámpara, ¡diez y siete años! Y sobre la mesa de trabajo, los Cantos de Maldoror del Conde de Lautréamont.”
Ipnauj: En mayo me acordé de esto “Cuando cumplí un cuarto de siglo, mi amigo César me regaló un libro del cual jamás había oído hablar, “Canto a mí mismo” de Walt Whitman. Nunca experimenté algo parecido, desde que empecé a leer sentí que me faltaba el aire, todo a mí alrededor se volvió espeso. Yo también me transformaba.”
Juan Emar: En Junio escribí “Evoqué el último siglo de la era humana. Multipliqué más allá de todas las posibilidades de mi mente cuantos sucesos estén por acaecer y los lancé más allá de la Tierra, a los planetas, al cosmos entero para implicarlo a su vez. Enormidad de hechos en inmensidad de tiempo.”
Ipnauj: Yo dije en Junio “Podría ir más allá de los límites de mi cuerpo, podría tener la certeza de que la muerte no existe, podría dejar de lado la angustia y dedicarme a ayudar a los demás.”
Juan Emar: Mis preocupaciones, en Julio, tenían que ver con esto “Quedé más de veinte minutos inmóvil en mi esquina sin comprender, o más bien comprendiendo como absurdo, estos rodajes de destinos, estos hilos culebreantes que se enredan, se entretejen y no se tocan nunca, perdiéndose cada cual en un mundo de ignorancia, codo a codo, en un mundo de no saber.”
Ipnauj: En Julio creé un microcuento ““Si la montaña no viene a mí, yo no voy a la montaña”. Se quedó ahí un mes. De día pedía limosna, de noche dormía pegado al muro. La reclusión y los tratamientos le dejaron un profundo vacío. Volvió a las calles y tomó las palabras escritas en las paredes como revelaciones.”
Juan Emar: Agosto estuvo lleno de pensamientos y esto fue lo que escribí “Pero una duda se yergue, la duda de un profundo error: esa “S” puede haber sido la que iniciaba los Sepulcros violados anoche; esa “E” la que iniciaba los Esclavos disimulados que aún gimen calladamente en cada punto de cada continente.”
Ipnauj: Esto fue lo que a mi se me ocurrió en Agosto “Clara creció en Chile y vio que los ciudadanos no vivían en palacios ni tenían los dientes forrados en oro.”
Juan Emar: En Septiembre puse esto en el papel “Tantos dedos de Dios, tantas preocupaciones graves, me han inducido a abandonar la ciudad y buscar el equilibrio frente al océano.”
Ipnauj: Ese mes, que es uno de mis preferidos, escribí “Así, una cruel muerte salvó una vida y el mal perfecto no se pudo consumar. Frustrado y aturdido, fue el homicida el que se tiró al oscuro y gélido mar.
Juan Emar: Para terminar, te cuento que en octubre dije “Oí por los aires un cántico solemne: trompetas, tambores, platillos, un bombo y un banjo.”
Ipnauj: En octubre cité a tu conocido Onofre Borneo “¡Sigamos el ritmo de violines, de cellos, de trompetas y bandoneones!”

miércoles, octubre 18, 2006

Fiesta

Ipnauj: Amigos, se suspendió la fiesta de disfraces a la que estaba invitado este sábado. Realmente tenía ganas de ir. Estoy desanimado. Cuéntenme sobre las buenas fiestas a las que han asistido. Quiero cerrar los ojos y transportarme a esos espacios llenos de emociones intensas.
Harry Haller: Se había hecho tarde y el baile estaba en marcha hacía tiempo. Tímido y perplejo, me vi envuelto al punto, antes de quitarme el abrigo, en un violento torbellino de máscaras, fui empujado sin miramientos; muchachas me invitaban a visitar los cuartos del champaña, clowns me daban golpes en la espalda y me llamaban de tú.
Onofre Borneo: ¡La juerga! ¡El jolgorio! ¡La farra! ¡El loco machitún! Las luces encandilaban; la orquesta de zíngaros atronaba; la gente enloquecía bailando con miles de cabriolas; de las mesas les acompañaban cantando a mandíbulas batientes; otros, de pie, hacían coro gesticulando; los camareros se hacían pocos trayendo mil bebidas y distribuyéndolas, al parecer, sin orden alguno; el bullicio ensordecía. ¡Viva, viva! ¡Era ésta la gran fiesta!
Ipnauj: Sigan, sigan. Lo excitante de llegar a una fiesta es que uno no se imagina lo que puede pasar, uno no tiene idea de como puede acabar todo.
Harry Haller: En todas las estancias del gran edificio había fiebre de fiesta, en todos los salones se bailaba, hasta en el sótano, todos los pasillos y escaleras estaban abarrotados de máscaras, de baile, de música, de carcajadas y de barullo. Apretujado me fui deslizando por entre la multitud, desde la orquesta de negros hasta la murga de aldea, desde el radiante gran salón principal, por los pasillos y escaleras, por los bares, hasta los buffets y los cuartos de champaña. En la mayor parte de las paredes pendían las fieras y alegres pinturas de los artistas modernísimos. Todo el mundo estaba allí, artistas, periodistas, profesores, hombres de negocios.
Onofre Borneo: ¡Cantemos, cantemos! Y me puse a cantar con todos aquellos hombres y mujeres que cantaban. Luego me puse a vivar con todos esos hombres y mujeres que vivaban. Al fin, tomado de la mano de uno y con mi otra mano en el hombro de una bella muchacha, al fin bailaba yo también poseído por el ardor de aquella jarana sin igual. ¡Bailemos, bailemos! ¡Sigamos el ritmo de violines, de cellos, de trompetas y bandoneones! ¿Quién puede haber dicho que la vida es una terrible tragedia? ¡La vida es hermosa, es hermosísima! ¡Bailemos, bailemos, cantemos, gritemos!
Ipnauj: ¿Quiénes serán esos hombres y mujeres? ¿A cuantos habrán conocido? ¿Habrán besado a las bellas muchachas?
Harry Haller: Yo ya no era yo; mi personalidad se había disuelto en el torrente de la fiesta como la sal en el agua. Bailé con muchas mujeres; pero no era sólo aquella que tenía en mis brazos, aquella cuyo cabello me rozaba el rostro, cuyo aroma aspiraba, sino todas las demás mujeres también que nadaban conmigo en el mismo salón, en el mismo baile, en la misma música, y cuyas caras radiantes flotaban delante de mi vista como grandes flores fantásticas; todas me pertenecían, a todas pertenecía yo, todos participábamos unos de otros. Y hasta los hombres había que contarlos también; también en ellos estaba yo, tampoco ellos me eran extraños a mí, su sonrisa era la mía, sus aspiraciones mis aspiraciones, mis deseos los suyos.
Onofre Borneo: ¿Y tú, belleza sin igual? ¿Cómo te llamas? Te lo pregunto porque, te lo prometo y te lo juro, no me separaré más de ti, mi linda, mi preciosa… ¿Cómo, cómo te llamas? ¡Bravo y cien veces bravo! ¡Clementina! ¡Oh, es el más encantador nombre que se haya inventado jamás! ¡Clementina!
Ipnauj: Amigos, no me cuenten más. Creo que todo esto me hace daño. ¿Alguien me invitará a una fiesta este sábado?

martes, septiembre 19, 2006

El bien y el mal


Carlos María Bowen Machado
vivió de manera muy peculiar.
Recorrió los años obsesionado,
queriendo un misterio dilucidar.

¿Existe el bien en su estado puro
o lo bueno esconde algún mal?
¿Lo malo es siempre algo oscuro
o la sombra no puede ser total?

El hombre heredó gran fortuna
y se dedicó solamente a estudiar.
No encontró respuesta ninguna
y las enciclopedias llegó a odiar.

Sólo la experiencia lo iluminaría,
quiso hacer algo bueno de verdad.
Supo que lo pequeño no bastaría
y donó su riqueza a la comunidad.

Sin nada, fue a vivir a la calle
y observó a los beneficiados.
Se sorprendió con cada detalle,
envidia, mentiras y estafados.

Su gesto, supuestamente positivo
tuvo efectos totalmente indeseados.
Lo virtuoso terminó siendo nocivo,
los millones fueron despilfarrados.

Entonces, probó todo lo contrario.
Decidió matar al primero que pasara.
Sin ceremonias, ni rito funerario,
le disparó a una mujer en la cara.

La infortunada llevaba una carta
apretada en su pequeña mano.
En ella decía: “Hijos, estoy harta
de esta vida, que rechazo de plano.”

“He tomado una decisión sin temor.
Me lanzaré a estas aguas congeladas,
llevándome a su hermano menor.
Acabarán nuestras vidas desesperadas.”

Así, una cruel muerte salvó una vida
y el mal perfecto no se pudo consumar.
Frustrado y aturdido, fue el homicida
el que se tiró al oscuro y gélido mar.

Al eterno y calido infierno, entró
Carlos María Bowen Machado
y entre gritos y llamas encontró
a las mujeres que había amado.

sábado, agosto 26, 2006

Madre


Ipnauj: No es normal. Escucho hablar a la gente y no puedo dejar de relacionar cualquier relato con pasajes de mi vida. Creo que es el ego que me asecha, me ataca y me amenaza con ganar la batalla. Entrañable Goldmundo cuéntame algo y déjame entregarme a esta enfermedad sin reprocharme nada.
Goldmundo: A medida que cabalgaba, las fuerzas y la juventud y el tino me abandonaron del todo, pues vine a caer con mi caballo por un barranco y a dar en un arroyo y me rompí las costillas y me quedé tumbado en el agua.
Ipnauj: Como todos los días, pedaleaba hacia mi colegio. Me sentía tan unido a mi bicicleta que recorría el camino erguido, sin preocupaciones y sin tomar el manubrio con las manos, pero, inesperadamente, la cadena dejó de encajar sus dientes en el piñón, perdí el equilibrio y caí pesadamente sobre el pavimento. Me rompí el brazo y quedé tumbado sobre el asfalto.
Goldmundo: Y entonces conocí por vez primera verdaderos dolores.
Ipnauj: Y entonces conocí por vez primera verdaderos dolores.
Goldmundo: Yacía tendido, y el pecho me ardía de dolor y no me defendía y gritaba; mas en aquel punto, oí una voz, que se reía… era una voz que no había vuelto a oír desde mi infancia. Era la voz de mi madre, una grave voz de mujer llena de sensualidad y amor.
Ipnauj: Yacía tendido y veía mi brazo deformado, con los huesos rotos y fuera de su lugar. No tuve tiempo de pensar, ni de desesperarme, a pesar de mi situación lamentable e indefensa. Levanté la vista y vi aparecer el auto de mi madre.
Goldmundo: Y entonces vi que era ella, que la Madre estaba a mi lado y me tenía en su regazo y que me había abierto el pecho y metido en él hondamente sus dedos, entre las costillas, para arrancarme el corazón. Y cuando lo vi y lo comprendí, ya no sentí más dolor.
Ipnauj: Y entonces vi que era ella y me ofreció su regazo y luego me levantó y también levantó mi bicicleta y me llevó donde me pudieron curar y aliviar mi dolor.
Goldmundo: Y también ahora, cuando me vuelven esos dolores, no son dolores, no son enemigos; son los dedos de la Madre que me sacan el corazón. En eso muestra gran diligencia. A veces aprieta y gime como en el deleite carnal. A veces se ríe y murmura tiernos sonidos. A veces no está junto a mí sino arriba, en el cielo, y entre las nubes veo su rostro, grande como una nube, y está suspendida y se sonríe tristemente y su triste sonrisa me sorbe y me extrae el corazón del pecho.
Ipnauj: Mucho tiempo después le pregunté por qué había llegado por ese camino que ella no debía recorrer y me dijo que había presentido algo. Desde entonces, me siento afortunado por tener la certeza de que el amor de madre es todopoderoso.

martes, agosto 08, 2006

Teresa y Clara


Ipnauj: Me gustó la cita que hiciste de Jean Cocteau, “Un pájaro canta mejor en su árbol genealógico”.
Alejandro Jodorowsky: No hay mucho mérito en hacer una cita.
Ipnauj: ¿En qué rama de tu árbol estás pensando ahora?
Alejandro Jodorowsky: En mi abuela Teresa que nació en Rusia.
Ipnauj: Mi abuela también nació en Rusia.
Alejandro Jodorowsky: La mía tuvo que salir arrancando de ese país.
Ipnauj: La mía también.
Alejandro Jodorowsky: Teresa se vanagloriaba de vivir con un marido santo que nunca cesaba de rezar, aun durante sus cinco horas de sueño; que comía, fuera el alimento que fuese, siempre con el mismo ritmo para poder mascar sin dejar de recitar los salmos, que se movía el mínimo para no interferir en la marcha del mundo, que cuando no rezaba sólo sabía decir una palabra: “Gracias”.
Ipnauj: Clara, así se llamaba mi abuela, se sentía el complemento perfecto de un marido científico y erudito que no podía evitar, en cada almuerzo familiar, sorprender con un chiste nacido de su agudo ingenio y construido de tal forma que solo él podía entenderlo y disfrutarlo.
Alejandro Jodorowsky: Teresa, sin que ella misma pudiera comprender por qué, descubrió lo único que merecía su amor en este mundo: ¡las pulgas!... Recordó un número de circo que viera en su infancia y decidió amaestrar a esos insectos.
Ipnauj: Clara no dudaba de la prioridad de sus afectos. La lista la encabezaba mi madre, luego, en un mismo nivel, estaban mi abuelo y mi hermano mayor, más abajo me encontraba yo.
Alejandro Jodorowsky: Teresa ganó el sustento de la familia vendiendo miel y panes dulces en forma de lunas, torres y cangrejos.
Ipnauj: Clara preparaba con maestría recetas judías, indias y chilenas.
Alejandro Jodorowsky: Cuando, en Marsella, Teresa fue embarcada, con otros refugiados, en un navío que iba a Sudamérica, ella no sabía nada de Chile, pero estaba segura de que en ese país, que quedaba en el fin del mundo, todos los ciudadanos no vivían en palacios ni tenían los dientes forrados en oro.
Ipnauj: Clara creció en Chile y vio que los ciudadanos no vivían en palacios ni tenían los dientes forrados en oro.

martes, julio 25, 2006

Mistral y Nakahara




















Chuya Nakahara: He venido hasta el Valle del Elqui para conocerte.
Gabriela Mistral: ¿Qué dices? Yo ya no estoy en el Valle.
Chuya Nakahara: ¿Y qué es este lugar?
Gabriela Mistral: Este es el lugar donde nuestros poemas estaban escritos antes de que los encontráramos.
Chuya Nakahara: ¿Y ese río?
Gabriela Mistral: ¿Quieres que vayamos a bañarnos?
Chuya Nakahara: Vamos.
Gabriela Mistral: Tendremos que pasar por los campos donde están las frutas embriagadoras.
Chuya Nakahara: Quiero verlo todo y probarlo todo.
Gabriela Mistral: Mira, en esa montaña está escrito lo que vienes a buscar.

Allí donde las ramas se entrelazan,
lúgubre titila el cielo,
lleno de almas de niños muertos…
Mis ojos parpadean un instante y, justo entonces,
allí, a lo lejos, por encima del prado,
se desliza, entre los vellones de astracán,
un mastodonte de sueños…

Chuya Nakahara: Es cierto, desde hace mucho tiempo esperaba este encuentro. Ahora me siento satisfecho, pero no quiero partir sin antes contemplar las estrellas para que me cuenten en qué estás pensando.
Gabriela Mistral: Llega la noche. Escucha.

Viene un aroma roto en ráfagas,
soy muy dichosa si lo siento;
de tan delgado no es aroma,
siendo el olor de los almendros.

Me vuelve niños los sentidos;
le busco un nombre y no lo acierto,
y huelo el aire y los lugares
buscando almendros que no encuentro.