Palabras

Dejó caer una piedra en el estanque. El agua era clara y mientras veía como la piedra alcanzaba el fondo, las palabras inundaban su mente. Ya lo había hecho antes más de cien veces. Era un proceso automático. Le fascinaba sentir como llegaban las ideas, como se formaba algo totalmente nuevo. Pero cada vez que repasaba concientemente el resultado, su entusiasmo se convertía en frustración. Los versos eran mediocres y sin ritmo. Esta no fue la excepción.
La muerte y el amor.
El amor y la muerte.
¿Cómo amar y cuando morir?
Soy la sombre de algo mejor
que no puedo ver.
Soy la sombra.
Si llamo a la luz, desaparezco.
¿Quién me ayuda? ¿Tú?
¿Por qué te molestarías?
Soy una sombra.
Su vida había estado formada por una interminable secuencia de impulsos. Actuaba gracias a periódicos destellos de lucidez. Eran como órdenes incuestionables que venían de un lugar profundo a la altura de su pecho. Siempre estaba seguro de lo que tenía que hacer, era fácil, sólo tenía que obedecer.
Un rayo atravesó su cuerpo. La instrucción era más clara que nunca. Ya no tiraría más piedras al estanque. Ahora debía borrar su memoria, lanzarse al ojo de agua y hundirse hasta llegar al fondo para, ahí, estallar en mil palabras.









